El día que un poeta le salvó la vida al capitán de la Selección

Ciudad del Fútbol 17 Mayo 2017
Ricardo Zamora, el jugador que junto a Iker Casillas ha vestido durante más años seguidos la camiseta de España, se salvó de morir fusilado gracias a la providencial intervención de un escritor bohemio llamado Pedro Luis de Gálvez. Ésta es su historia

Cuando este domingo concluya la Primera División un nuevo portero se hará con el famoso premio Zamora al guardameta menos goleado e instituido en honor al legendario jugador de la Selección apodado El Divino por sus paradas imposibles.

Sin embargo, ni los mejores reflejos del mundo hubiesen podido salvar la vida de Ricardo Zamora Martínez (1901-1978) si no hubiese pasado por allí un peculiar personaje llamado Pedro Luis de Gálvez: bohemio, ácrata, hampón, poeta, sablista y pistolero a partes iguales en una época convulsa.

Verano de 1936. Un golpe militar fracasa parcialmente en su intento de derribar al gobierno de la II República española. El levantamiento es sofocado en Madrid y ante el descontrol de la situación su producen detenciones en masa a cualquier persona susceptible de poseer vínculos con grupos conservadores.

Entre ellos se encuentra Ricardo Zamora, que estaba pasando las vacaciones en la capital de España tras conquistar apenas un mes atrás la Copa de ese año con el Real Madrid. 

El guardameta internacional compaginaba por aquel entonces su faceta de deportista con la de colaborador del diario de inspiración católica Ya, lo que le ponía en el punto de mira de los milicianos (batallones armados de voluntarios afines a la izquierda política) por sus supuestas -e inexistentes a la postre- simpatías hacia el golpe militar.

Sabedor de la amenaza que sobre él se cernía, Zamora buscó refugio en casas de amigos hasta ser detectado y conducido como preso en la cárcel Modelo de Madrid.

"He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer"

En esa prisión, hasta el fin del año 1936, se hicieron habituales las sacas de internos, que eran conducidos en camiones hasta un lugar alejado de la ciudad y allí fusilados sin mayores contemplaciones.

Cuando le llegó el macabro turno al capitán de la Selección, aquél que se había colgado la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes y había sido recibido por la multitud tan sólo dos años antes después de la gran actuación de España en el Mundial de 1934, un miliciano reconoció al guardameta y se dirigió a él en medio del tumulto: "He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer. Está preso aquí y esto es una injusticia. Que nadie le toque un pelo la ropa. Yo lo prohibo¨.

Luego besó y abrazó al futbolista mientras gritaba su nombre ante el estupor de los presentes, según publicó Ramón Gómez de la Serna en una crónica de los hechos escrita en el diario argentino La Nación.       

Todavía con el susto encima, Ricardo Zamora consiguió dejar de esa forma la cárcel Modelo, refugiarse con su familia en la embajada argentina -país en el que eran famosas sus paradas- y al año siguiente aprovecharse de un acuerdo entre gobiernos para huir a Francia donde pasó el resto de la Guerra sin tomar partido por ninguno de los dos bandos.

Pero, ¿quién fue aquel ángel de la guarda que libró al guardameta internacional de un destino tan insalvable que hasta el presidente de la FIFA comenzó con un minuto de silencio el comité ejecutivo del organismo creyendo muerto al famoso futbolista?

Quien salvó a Zamora no fue otro que el poeta malagueño Pedro Luis de Gálvez, uno de los muchos escritores habituales de los cafés del Madrid de principios del siglo XX, perseguidores de una gloria literaria que casi siempre les era esquiva.

Gálvez -excéntrico, desmesurado y teatral en su forma de vivir- se paseaba esos días con un mono azul y dos pistolas al cinto en medio de un Madrid caótico mientras se atribuía crímenes muchas veces inventados y hacía malabarismos con sus armas cargadas ante el pavor general de quienes se cruzaban con él.

Fue autor de un libro de sonetos y otras cuatro obras con poemas de temas siempre desgarrados, pero tratados con vitalismo para alguien que se consideraba a sí mismo como "ulcerado y bueno".

El mismo Ricardo Zamora intentó convencer de ello al consejo de guerra que juzgó a Gálvez por su conducta durante la contienda y de nada valió esta vez la intercesión del guardameta internacional quien hizo saber que gracias a aquel hombre pudo salvar la vida.

Como prueba ante el tribunal militar se presentó una fotografía dedicada que el capitán de la Selección le regaló al poeta después del episodio de la cárcel Modelo con una dedicatoria "a Pedro Luis Gálvez, el único hombre que me ha besado en la cárcel".

Esta vez el divino Zamora no pudo parar los disparos y Pedro Luis de Gálvez fue fusilado en la cárcel madrileña de Porlier el 20 de abril de 1940.